sábado, 1 de agosto de 2026
Evangelizando
Francisco de Asís, uno de los Santos más queridos de la Iglesia, tenía este lema, que se repetía siempre:
- ¡Dios mío y todas mis cosas!
Con ello venía a confesar que lo único que le interesaba en la vida, lo único que valía la pena pensar, lo único por que se podía aspirar es Dios y nada más que Dios. En Dios tenía toda su riqueza, y fuera de Dios no le decían nada todas las criaturas de este mundo, que, en tanto valen, en cuanto nos llevan a Dios.
Este mensaje de Francisco es perenne, para todos los lugares y todos los tiempos, para los pueblos igual que para cada persona en particular.
En nuestros días debe ser más actual que nunca, porque aún están coleteando en el mundo las consecuencias del ateísmo militante, y, además, se nos echa encima un nuevo paganismo.
Hoy contamos ciertas cosas del comunismo ateo con una satisfacción muy grande. Porque, ¡gracias a Dios!, pasaron aquellos años en que estaba proscrita la religión, y el sólo nombrar a Dios ya era un delito penado con la misma muerte. ¿Es posible eso?... ¡Y tan posible!
Por poner un caso nada más. En la revolución marxista española de 1936, es allanado un apartamento en busca de algún sacerdote. No se encuentra a nadie, porque el Padre que allí había lo supo disuimular tan bien, que los milicianos se marcharon tal como habían venido. Lo malo fue que, al despedirse, aquel hombre, de quien no sospecharon, los despidió cortésmente con el simple y tradicional ¡Adiós!... Los rojos entraron en sospechas.
- ¿Qué es eso de "adiós"?... Ahora se dice "¡Salud!...
Y por aquel ¡adiós! educado que le salió tan espontáneo, el Sacerdote paró ante el pelotón de fusilamiento... (P. Federico Vila, Claretiano, mártir en Tarragona).
Repetimos, ¿es posible que se odie así a Dios?...
Esto fue el comunismo en todas partes. En Rusia, para ir contra Dios, se llegó a dar normas que nos parecen increíbles. Por ejemplo, se ordenó que en todas las escuelas se escribiera el nombre de Dios con minúscula. Porque Dios no era un ser divino, singular y personal, sino un producto de la razón, una fantasía ingeniosa, un cuento pasado de moda, una palabra común carente de sentido.
Sabemos que este hecho fue la última gota que rebosó la paciencia del gran disidente soviético y premio Nobel de Literatura. Descaradamente, se rebeló contra la orden gubernativa de escribir así el nombre de Dios, mientras que había de escribirse con mayúscula el de la policía o cualquier organismo del Estado. Las palabras de este valiente tuvieron resonancia mundial:
- Es el colmo de la mezquindad atea contra la más excelsa fuerza creadora del universo, y ¡no me someteré a esta nueva indignidad!... (Solzenitzyn)
bendito-, que todo ha cambiado en aquellos países esperanzadores, en los que hoy se vuelve a adorar públicamente a Dios como es debido.
El ateísmo oficial hubo de declararse impotente frente a la fuerza interna que el Reino de Dios desarrollaba dentro del pueblo ruso.
Pero este fenómeno es siempre para nosotros un aviso, una invitación, una exigencia.
En la vida del hombre, y más en nuestros tiempos de tan grave secularización, se corre el peligro de olvidar a Dios. Más, se corre el peligro de abandonar conscientemente a Dios, si es que Dios llegara un día a estorbar en el disfrute del mundo. Nosotros vemos el peligro del materialismo moderno, y nos preguntamos para prevenirnos:
- ¿Quién podrá más, Dios o el materialismo que nos rodea? ¿Quién nos seducirá definitivamente, el placer o Dios?...
El grito del salmo: ¿Quién, fuera de Dios?, debe tener en la vida del hombre resonancias fuertes y continuas. Es casi un grito de guerra.
Es la guerra que se libera dentro de cada uno, cuando ve que a su alrededor apostatan muchos del amor de Dios para darse sin freno a las cosas perecederas (Salmo 18,32)
Ni el bienestar, ni la fama, ni el amor meramente humano, ni nada ni nadie, pueden llenar el vacío que se produce en el corazón cuando falta Dios.
Lo único que nos llena es ese Dios que satisface nuestra sed de eternidad.
Un filósofo de la antiguedad griega, después de pasearse por todo el mercado sin haber comprado nada, pronunció su sentencia célebre:
- ¡De cuántas cosas no tengo necesidad alguna! Me sobra todo. Me basta la filosofía de mi cabeza...
El hombre que se contenta con Dios, dice también: -¡No necesito nada! Con Dios tengo bastante...
Serán inmortales los versitos de Teresa de Jesús:
- Quien a Dios tiene - nada le falta - sólo Dios basta.
Una persona célebre en nuestros tiempos, ciega y sordomuda desde su nacimiento, pero que llegó a una superación sorprendente, lo dijo de manera humilde, aunque profundamente sabia y con dulce poesía:
Yo creo que Dios es para mí como el sol para el color y la fragancia para la flor. Como la luz en las tinieblas y la voz en mi silencio (Helen Keller)
El ¡Dios mío y todas mis cosas! franciscano, es no solamente la aspiración de un Santo. Es, así de sencillo, la experiencia más elemental que dicta el simple sentido común...
P. Pedro García
miércoles, 1 de julio de 2026
Allocutio Concilium Legión de María, junio 2026
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Allocutio Concilium Legión de María
Junio 2026
Fr. Paul Churchill, Director Espiritual del Concilium

María se unió a
Jesús para la sanación de los pecados
Cuando acudimos a Nuestra Señora en oración, lo hacemos
con una afirmación sobre nosotros mismos. Permítanme citar: «Ruega por
nosotros, pecadores» (Avemaría), «Ante ti, nos presentamos, pecadores y
agobiados» (Acordaos), «pobres hijos desterrados de Eva» (Salve). Sí, acudimos
como hijos de Eva, como pecadores. Sin embargo, nuestra manera de referirnos a
nuestros pecados, tal vez no se ajuste plenamente a la realidad. Digo esto a la
luz de las palabras que Nuestro Señor pronunció en la Cruz: «Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen». Escapa a nuestra comprensión cómo la infinita
majestad de Dios, se ve ofendida por nuestros pecados, pero es posible que haya
algo más.
Estas palabras son pronunciadas por Aquel, que
soporta su Pasión, para borrar nuestros pecados. Él, más que nadie, conoce el
peso de nuestras faltas. Sí, todos hemos hecho o dicho cosas que nos causan
vergüenza y remordimiento, y por las que sentimos un dolor sincero. Y hay
quienes se sienten tan abrumados por el mal que han cometido que terminan
cayendo en la depresión, quedando incapacitados o internados en centros
psiquiátricos, o incluso llegando al suicidio.
Nuestro problema, es que ni siquiera vemos muchos de
nuestros pecados, ni el daño que causan. ¡Quizás nuestras numerosas actitudes
negativas, nuestra falta de confianza en los demás y nuestro orgullo han
causado más daño del que imaginamos! Tú y yo, podemos pensar que estamos bien,
que no somos grandes pecadores, que solo tenemos los defectos habituales. Tal
vez algo que hacemos por costumbre, o algo que no vemos en nosotros mismos, ha
dejado heridas más profundas de lo que creemos. Nos cruzamos con alguien que no
encaja y lo menospreciamos en nuestro corazón; pero esa persona es así, debido a
una falta de amor. Alguien experimenta con las drogas: «Es algo personal,
¿sabes? ¡Nada grave, es solo recreativo!». Pero no se da cuenta de que forma
parte de esa red mundial, que ha dado origen a los cárteles de la droga y a
todas las muertes que estos provocan. Algunos consumen pornografía: «Bueno,
solo un poco». Pero al hacerlo, es posible que estén abusando de otras personas
y socavando su propia capacidad para relacionarse. No lo sabemos. Señor, no lo
sabemos. Que tu gracia nos ayude a ver con mayor claridad para que podamos
comenzar a cambiar.
George Eliot, escribió estas palabras en su obra
*Middlemarch*: «Pues el bien creciente del mundo depende en parte de actos que
no pasan a la historia; y que las cosas no vayan tan mal para ti y para mí como
podrían haber ido, se debe en buena medida a la multitud de personas que
vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita».
¡Qué gran verdad! Pero, del mismo modo, las generaciones futuras podrían sufrir
a causa de algún daño o mal que hayamos cometido y que dejó su oscura huella en
la historia; y nuestro Purgatorio, podría consistir en contemplar, con vergüenza
y horror, las consecuencias derivadas de tantas palabras pronunciadas, de
tantas actitudes negativas y de tantas acciones —realizadas u omitidas— que
causaron daño. No sabemos lo que hacemos.
Sin embargo, quiero señalar ahora un gran remedio
para todo esto: la Misa..
Cristo, en su pasión, asumió todos los pecados del mundo. ¡Todos! Su sufrimiento y muerte constituyeron aquel momento único en la historia en el que el efecto total de todo pecado se concentró en una sola persona; Él, lo absorbió hasta la última gota, pero permaneció como amigo nuestro y confió en Dios, hasta el final. «No pronunció ni una sola mala palabra». Injuriado, no devolvió el insulto. Ese acto noble venció al pecado. Al llevar su sacrificio a la eternidad, lo convirtió en la única ofrenda eterna, por todos los pecados. Las teorías de la relatividad de Einstein, afirman que el tiempo, puede curvarse o comprimirse. Pero Einstein, no sabía ni la mitad de la verdad. Cuando celebramos la Misa, somos transportados a aquel momento en que Cristo murió en la Cruz y llevó su sacrificio a la eternidad, haciéndolo así accesible a través de todos los tiempos. Lo que hacemos en la Misa, es unirnos a ese sacrificio y hacerlo nuestro. Por eso rezamos en la Plegaria Eucarística III: «Mira, Señor, la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella, a la Víctima inmolada, por cuya muerte, quisiste reconciliarnos contigo...». También por esta razón hacemos sonar las campanas en ese momento de la Misa y nos arrodillamos: para señalar que ese sacrificio eterno, se hace presente ahora en el Altar, a fin de que nosotros lo ofrezcamos a Dios, en reparación por nuestros pecados.
Pero eso no es todo. Cristo, nos pide a todos que unamos nuestra persona, nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras acciones y nuestros pensamientos a ese sacrificio, y que participemos en él. Él mismo, dijo: «Haced esto en memoria mía». Por tanto, debemos decir, como Él y con Él: «Este es mi cuerpo, entregado por vosotros. Esta es mi sangre, ofrecida junto a Ti, que nos perdonaste los pecados. Ayúdame también a perdonar». Es uniéndonos a ese sacrificio como podemos superar nuestros propios pecados y ayudar a cambiar el mundo para mejor
La muerte de Aquel que no conoció pecado, entregado
totalmente a Dios, sin reservas, borró todos nuestros pecados. Lo que debemos
hacer es entrar en contacto con ese sacrificio y permitir que su sangre fluya
sobre nosotros. Se anima a los legionarios a asistir a Misa diariamente.
Ciertamente debemos cumplir el mandato que nos llama a Misa cada domingo y en
otras ocasiones especiales, y adentrarnos en su misterio con todo el corazón.
Al igual que san Juan, permanezcamos junto a María y ofrezcamos con ella, este
sacrificio por nuestros propios pecados (y por las benditas almas). Mediante
una participación activa desde el corazón, uniéndonos a Cristo, ofrezcamos
nuestros cuerpos a su servicio y, junto a María, perdonemos a todos los que nos
ofenden. Escuchemos a Cristo, encomendarnos unos a otros para cuidarnos mutuamente
y librarnos de toda negatividad, rogando a Dios, que nos ayude a comprender
mejor las consecuencias de nuestros pecados, a fin de que nos propongamos con
mayor firmeza no volver a pecar. Y allí, junto a san Juan, hagamos sitio a
nuestra Madre María, en el hogar de nuestros corazones, pues ella, —concebida sin
pecado— nos ayudará a sanar de todas nuestras dolencias: tanto de aquellas que
conocemos como de los cánceres ocultos que pueden acechar en nuestras almas.
«¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que acudimos a ti!».
jueves, 18 de junio de 2026
Reconociendo Conductas Desadaptativas, junio 2026
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sábado, 13 de junio de 2026
Cita del Día, junio 2026

La Santísima Virgen María, se ha sumado abiertamente a la lucha entre el bien y el mal, cuando se le apareció a Santa Catalina Labouré, una novicia de las Hermanas de la Caridad de la Rue de Bac en París, y le pidió que acuñara una medalla con su efigie: María, se encuentra de pie sobre el globo terráqueo, con los pies aplastando la cabeza de la Serpiente (el diablo) —tal y como se anunció en el Génesis— y con los brazos abiertos de par en par, de los que emanan brillantes rayos de luz, que simbolizan las numerosas gracias que ella, derrama por todo el mundo.
Alrededor de su imagen hay una inscripción: «Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a vos». Esta medalla ocupa un lugar especial en la Legión de María. Ocupa un lugar destacado en el estandarte (vexillum) de la Legión. A su alrededor, cada día, los legionarios de todo el mundo recitan la Catena Legionis, es decir, el Magnificat de Nuestra Señora con esta antífona: «¿Quién es Ésta, que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército formado en batalla?
Es el grito de guerra de los legionarios, con María a la cabeza, contra Satanás y sus artimañas. Y no están solos.
Su Eminencia, el cardenal Iván Dias, exprefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Vaticano
jueves, 4 de junio de 2026
Aniversario de la *Venerable Edel Quinn* 12 mayo 2026

Aporte:
Hermano Nazareno
Senatus de Buenos Aires





