viernes, 3 de julio de 2026

Allocutio Concilium Legión de María, julio 2026

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 Allocutio Concilium Legión de María
Junio 2026
Fr. Paul Churchill, Director Espiritual del 
Concilium 

María se unió a Jesús para la sanación de los pecados

Cuando acudimos a Nuestra Señora en oración, lo hacemos con una afirmación sobre nosotros mismos. Permítanme citar: «Ruega por nosotros, pecadores» (Avemaría), «Ante ti, nos presentamos, pecadores y agobiados» (Acordaos), «pobres hijos desterrados de Eva» (Salve). Sí, acudimos como hijos de Eva, como pecadores. Sin embargo, nuestra manera de referirnos a nuestros pecados, tal vez no se ajuste plenamente a la realidad. Digo esto a la luz de las palabras que Nuestro Señor pronunció en la Cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Escapa a nuestra comprensión cómo la infinita majestad de Dios, se ve ofendida por nuestros pecados, pero es posible que haya algo más.

Estas palabras son pronunciadas por Aquel, que soporta su Pasión, para borrar nuestros pecados. Él, más que nadie, conoce el peso de nuestras faltas. Sí, todos hemos hecho o dicho cosas que nos causan vergüenza y remordimiento, y por las que sentimos un dolor sincero. Y hay quienes se sienten tan abrumados por el mal que han cometido que terminan cayendo en la depresión, quedando incapacitados o internados en centros psiquiátricos, o incluso llegando al suicidio.

Nuestro problema, es que ni siquiera vemos muchos de nuestros pecados, ni el daño que causan. ¡Quizás nuestras numerosas actitudes negativas, nuestra falta de confianza en los demás y nuestro orgullo han causado más daño del que imaginamos! Tú y yo, podemos pensar que estamos bien, que no somos grandes pecadores, que solo tenemos los defectos habituales. Tal vez algo que hacemos por costumbre, o algo que no vemos en nosotros mismos, ha dejado heridas más profundas de lo que creemos. Nos cruzamos con alguien que no encaja y lo menospreciamos en nuestro corazón; pero esa persona es así, debido a una falta de amor. Alguien experimenta con las drogas: «Es algo personal, ¿sabes? ¡Nada grave, es solo recreativo!». Pero no se da cuenta de que forma parte de esa red mundial, que ha dado origen a los cárteles de la droga y a todas las muertes que estos provocan. Algunos consumen pornografía: «Bueno, solo un poco». Pero al hacerlo, es posible que estén abusando de otras personas y socavando su propia capacidad para relacionarse. No lo sabemos. Señor, no lo sabemos. Que tu gracia nos ayude a ver con mayor claridad para que podamos comenzar a cambiar.

George Eliot, escribió estas palabras en su obra *Middlemarch*: «Pues el bien creciente del mundo depende en parte de actos que no pasan a la historia; y que las cosas no vayan tan mal para ti y para mí como podrían haber ido, se debe en buena medida a la multitud de personas que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita». ¡Qué gran verdad! Pero, del mismo modo, las generaciones futuras podrían sufrir a causa de algún daño o mal que hayamos cometido y que dejó su oscura huella en la historia; y nuestro Purgatorio, podría consistir en contemplar, con vergüenza y horror, las consecuencias derivadas de tantas palabras pronunciadas, de tantas actitudes negativas y de tantas acciones —realizadas u omitidas— que causaron daño. No sabemos lo que hacemos.

Sin embargo, quiero señalar ahora un gran remedio para todo esto: la Misa..

Cristo, en su pasión, asumió todos los pecados del mundo. ¡Todos! Su sufrimiento y muerte constituyeron aquel momento único en la historia en el que el efecto total de todo pecado se concentró en una sola persona; Él, lo absorbió hasta la última gota, pero permaneció como amigo nuestro y confió en Dios, hasta el final. «No pronunció ni una sola mala palabra». Injuriado, no devolvió el insulto. Ese acto noble venció al pecado. Al llevar su sacrificio a la eternidad, lo convirtió en la única ofrenda eterna, por todos los pecados. Las teorías de la relatividad de Einstein, afirman que el tiempo, puede curvarse o comprimirse. Pero Einstein, no sabía ni la mitad de la verdad. Cuando celebramos la Misa, somos transportados a aquel momento en que Cristo murió en la Cruz y llevó su sacrificio a la eternidad, haciéndolo así accesible a través de todos los tiempos. Lo que hacemos en la Misa, es unirnos a ese sacrificio y hacerlo nuestro. Por eso rezamos en la Plegaria Eucarística III: «Mira, Señor, la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella, a la Víctima inmolada, por cuya muerte, quisiste reconciliarnos contigo...». También por esta razón hacemos sonar las campanas en ese momento de la Misa y nos arrodillamos: para señalar que ese sacrificio eterno, se hace presente ahora en el Altar, a fin de que nosotros lo ofrezcamos a Dios, en reparación por nuestros pecados.

Pero eso no es todo. Cristo, nos pide a todos que unamos nuestra persona, nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras acciones y nuestros pensamientos a ese sacrificio, y que participemos en él. Él mismo, dijo: «Haced esto en memoria mía». Por tanto, debemos decir, como Él y con Él: «Este es mi cuerpo, entregado por vosotros. Esta es mi sangre, ofrecida junto a Ti, que nos perdonaste los pecados. Ayúdame también a perdonar». Es uniéndonos a ese sacrificio como podemos superar nuestros propios pecados y ayudar a cambiar el mundo para mejor

La muerte de Aquel que no conoció pecado, entregado totalmente a Dios, sin reservas, borró todos nuestros pecados. Lo que debemos hacer es entrar en contacto con ese sacrificio y permitir que su sangre fluya sobre nosotros. Se anima a los legionarios a asistir a Misa diariamente. Ciertamente debemos cumplir el mandato que nos llama a Misa cada domingo y en otras ocasiones especiales, y adentrarnos en su misterio con todo el corazón. Al igual que san Juan, permanezcamos junto a María y ofrezcamos con ella, este sacrificio por nuestros propios pecados (y por las benditas almas). Mediante una participación activa desde el corazón, uniéndonos a Cristo, ofrezcamos nuestros cuerpos a su servicio y, junto a María, perdonemos a todos los que nos ofenden. Escuchemos a Cristo, encomendarnos unos a otros para cuidarnos mutuamente y librarnos de toda negatividad, rogando a Dios, que nos ayude a comprender mejor las consecuencias de nuestros pecados, a fin de que nos propongamos con mayor firmeza no volver a pecar. Y allí, junto a san Juan, hagamos sitio a nuestra Madre María, en el hogar de nuestros corazones, pues ella, —concebida sin pecado— nos ayudará a sanar de todas nuestras dolencias: tanto de aquellas que conocemos como de los cánceres ocultos que pueden acechar en nuestras almas. «¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que acudimos a ti!».

 

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