Imprimir Archivo pdf: Santidad
Allocutio Concilium Legión de María
P. Paul Churchill, Director Espiritual del Concilium

Santidad
El objetivo de la Legión de María, es la gloria de Dios a través de la santidad de sus miembros. Nuestro enfoque principal debe ser abrirnos a la verdadera santidad. No podemos alcanzar la santidad por nosotros mismos. Solo Dios es santo; por tanto, si hemos de ser santos, debemos disponernos a que Él, nos forme en esa santidad que solo Él, conoce.
La palabra «santo» guarda relación con la integridad y el bienestar integral. Se trata de lograr el equilibrio adecuado en todos los aspectos de la vida. San Benito, en su búsqueda de la santidad y de una relación con Dios, llegó a la conclusión de que hemos nacido para vivir en comunidad, pero que, dentro de esa vida comunitaria, debemos encontrar tiempo para Dios y la oración, así como para el trabajo y el descanso. Nuestro frenético mundo actual, espera que no dediquemos tiempo a Dios y que sobrevivamos sin dormir ni descansar lo suficiente. La verdadera santidad nos ayuda a hallar el equilibrio en todas nuestras relaciones: con Dios, con los demás y con nosotros mismos.
La santidad no consiste en encontrar una manera de sobrellevar nuestras ansiedades, aunque ese sea uno de sus frutos. Ciertamente, tampoco se trata de buscar llamar la atención. ¡El cielo nos sorprenderá al encontrarnos con grandes santos a quienes nadie reconoció aquí en la tierra! La santidad no implica necesariamente realizar buenas obras en favor de los demás. Conozco personas que requieren cuidados asistenciales prolongados y que viven una santidad basada en la aceptación de su condición y en la gratitud hacia quienes las atienden.
La virtud fundamental para alcanzar la santidad es la humildad. Es, por así decirlo, el fundamento esencial. Por muy buenas o largas que sean las oraciones, por muy brillante que sea un teólogo, y sin importar las penitencias o los actos de caridad realizados, si falta la humildad, la obra no llegará a buen puerto.
La lectura que hemos escuchado hace un momento dejó claro que no puede haber santidad sin humildad. La humildad fue la gran virtud de María. La humildad consiste en tener los pies en la tierra respecto a uno mismo, en estar en contacto con la propia verdad. Por un lado, somos polvo; somos personas de capacidades y entendimiento limitados, condición agravada por la lacra del pecado. Por otro lado, somos capaces de realizar grandes cosas, siempre y cuando reconozcamos nuestro lugar y dependamos de Dios.
El hecho de que el mundo nos asigne distintos roles refleja esas limitaciones. Como dijo san Pablo, no podemos poseer todas las habilidades. Uno es maestro, otro médico, otro marinero, otro fontanero, etcétera. Y, sin importar en qué ámbito nos centremos-incluso si somos «expertos»-, en esa faceta de la vida podemos cometer errores, juzgar mal o arrastrar prejuicios familiares y tribales. Y eso ocurre en los asuntos de este mundo.
¡Cuánto más limitados estamos ante Dios! Nos imaginamos que podemos conocer y comprender a Dios y sus caminos. ¡Ay! Qué bien dijo Jesús que nadie puede conocer al Padre a menos que el Hijo le revele algo de su Padre. Y, a través de Jesús, Dios nos deja atónitos: abraza a los pecadores pero reprende a los «buenos» que creían saberlo todo; permite que su Hijo sufra una muerte horrorosa antes de otorgarle la gloria de la Resurrección; elige el último lugar.
Ahí está de nuevo: la humildad. El último lugar. Jesús, nos llama a situarnos lo más abajo posible y a no confiar en nada de nosotros mismos. ¿Por qué? Porque, además de ser pecadores, como Él, decía a menudo: «el que se humilla será enaltecido». Les pido a todos que sigan examinando sus propias vidas para descubrir lo que significa esa virtud de la humildad, y que acojan cada momento en el que queden en evidencia como necios y pecadores, pues es entonces cuando la verdad se les está revelando. Pero luego, vuélvanse hacia Dios y permitan que Él, los forme y los renueve; así, el Dios, de las sorpresas los utilizará y realizará grandes obras a través de ustedes.
En este ámbito de la humildad surge otra virtud que puede resultar muy difícil de aceptar y de vivir: la obediencia. Uno cree saberlo todo, tener la respuesta y que su plan será el que triunfe. El Manual exige obediencia a la autoridad en todo momento, ya sea en el *praesidium*, en la *curia* o a través de todas las instancias superiores hasta llegar al *Concilium* y a la autoridad eclesiástica más alta (Manual, capítulo 29). Dicho capítulo deja claro que la obediencia requiere, en ocasiones, un gran heroísmo. Muchos religiosos que profesan los votos de castidad, pobreza y obediencia afirman que la obediencia es la más difícil de cumplir. ¡Jesús, que es Dios, nos demuestra su importancia al someterse a la humilde Virgen de Nazaret!
Obedecer, significa someter la propia voluntad, a la de otro. Es un gran acto de humildad, pues implica aceptar que la autoridad superior sabe y ve más allá de lo que uno mismo percibe. Al acatar una petición de la autoridad que nos resulta difícil de aceptar, vivimos de manera auténtica la realidad de que no lo sabemos todo y de que nuestra perspectiva puede ser limitada. Además, todo ejército debe funcionar como un equipo, y quienes ocupan los mandos superiores, suelen tener una visión más completa de la situación que la que uno mismo posee.
La Legión de María reconoce que la autoridad suprema en la Iglesia reside en el Colegio de los Obispos y en el Papa. Frank Duff siempre se aseguró de contar con el respaldo de las máximas autoridades; asistió al Concilio Vaticano II y apoyó sus decretos, y el Manual está repleto de referencias a dicho Concilio. La Legión se mantiene totalmente leal y obediente al Papa y a la Iglesia.
Pero permítanme volver a aquellas palabras que leímos anteriormente: «... no puede haber unión con María, sin cierta semejanza con ella, y no puede haber semejanza con ella, si falta su virtud especial de la humildad. Si la unión con María, es la condición indispensable... de toda acción legionaria, entonces el suelo del que dependen estas raíces es la humildad».
Pidámosle a ella, esa gran gracia de la verdadera humildad.




