lunes, 3 de agosto de 2026

Cita del dia agosto 2026

 Imprimir Archivo pdf: Maria Estrella de la  Evangelización

María Estrella de la Nueva Evangelización 

Es tal vez una amable invitación a vivir los diversos aspectos de la vida de manera armoniosa, reconociendo que lo importante es cumplir la voluntad de Dios, que nos ama inmensamente. Así, podemos encontrar tiempo para la oración, el ejercicio, el cuidado de la salud, la atención a la correspondencia y la formación continua.

Todos estos aspectos pueden ser oportunidades para expresar nuestro amor a Dios y al prójimo. Centrarse en cumplir la voluntad de Dios aporta un hilo conductor a nuestra jornada, pues vemos las cosas en función de dicha voluntad: no como algo que debemos hacer o a lo que hemos de resignarnos, sino como una aventura divina en la que podemos amar a Dios y, momento a momento, co-crear y co-redimir el mundo con Él, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes. Lo que importa no es tanto lo que hacemos, sino cómo lo hacemos.

Allocutio Concilium Legión de María, julio 2026

Allocutio Concilium Legión de María
P. Paul Churchill, Director Espiritual del Concilium

 Santidad

El objetivo de la Legión de María, es la gloria de Dios a través de la santidad de sus miembros. Nuestro enfoque principal debe ser abrirnos a la verdadera santidad. No podemos alcanzar la santidad por nosotros mismos. Solo Dios es santo; por tanto, si hemos de ser santos, debemos disponernos a que Él, nos forme en esa santidad que solo Él, conoce.

La palabra «santo» guarda relación con la integridad y el bienestar integral. Se trata de lograr el equilibrio adecuado en todos los aspectos de la vida. San Benito, en su búsqueda de la santidad y de una relación con Dios, llegó a la conclusión de que hemos nacido para vivir en comunidad, pero que, dentro de esa vida comunitaria, debemos encontrar tiempo para Dios y la oración, así como para el trabajo y el descanso. Nuestro frenético mundo actual, espera que no dediquemos tiempo a Dios y que sobrevivamos sin dormir ni descansar lo suficiente. La verdadera santidad nos ayuda a hallar el equilibrio en todas nuestras relaciones: con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

La santidad no consiste en encontrar una manera de sobrellevar nuestras ansiedades, aunque ese sea uno de sus frutos. Ciertamente, tampoco se trata de buscar llamar la atención. ¡El cielo nos sorprenderá al encontrarnos con grandes santos a quienes nadie reconoció aquí en la tierra! La santidad no implica necesariamente realizar buenas obras en favor de los demás. Conozco personas que requieren cuidados asistenciales prolongados y que viven una santidad basada en la aceptación de su condición y en la gratitud hacia quienes las atienden.

La virtud fundamental para alcanzar la santidad es la humildad. Es, por así decirlo, el fundamento esencial. Por muy buenas o largas que sean las oraciones, por muy brillante que sea un teólogo, y sin importar las penitencias o los actos de caridad realizados, si falta la humildad, la obra no llegará a buen puerto.

La lectura que hemos escuchado hace un momento dejó claro que no puede haber santidad sin humildad. La humildad fue la gran virtud de María. La humildad consiste en tener los pies en la tierra respecto a uno mismo, en estar en contacto con la propia verdad. Por un lado, somos polvo; somos personas de capacidades y entendimiento limitados, condición agravada por la lacra del pecado. Por otro lado, somos capaces de realizar grandes cosas, siempre y cuando reconozcamos nuestro lugar y dependamos de Dios.

El hecho de que el mundo nos asigne distintos roles refleja esas limitaciones. Como dijo san Pablo, no podemos poseer todas las habilidades. Uno es maestro, otro médico, otro marinero, otro fontanero, etcétera. Y, sin importar en qué ámbito nos centremos-incluso si somos «expertos»-, en esa faceta de la vida podemos cometer errores, juzgar mal o arrastrar prejuicios familiares y tribales. Y eso ocurre en los asuntos de este mundo.

¡Cuánto más limitados estamos ante Dios! Nos imaginamos que podemos conocer y comprender a Dios y sus caminos. ¡Ay! Qué bien dijo Jesús que nadie puede conocer al Padre a menos que el Hijo le revele algo de su Padre. Y, a través de Jesús, Dios nos deja atónitos: abraza a los pecadores pero reprende a los «buenos» que creían saberlo todo; permite que su Hijo sufra una muerte horrorosa antes de otorgarle la gloria de la Resurrección; elige el último lugar.

Ahí está de nuevo: la humildad. El último lugar. Jesús, nos llama a situarnos lo más abajo posible y a no confiar en nada de nosotros mismos. ¿Por qué? Porque, además de ser pecadores, como Él, decía a menudo: «el que se humilla será enaltecido». Les pido a todos que sigan examinando sus propias vidas para descubrir lo que significa esa virtud de la humildad, y que acojan cada momento en el que queden en evidencia como necios y pecadores, pues es entonces cuando la verdad se les está revelando. Pero luego, vuélvanse hacia Dios y permitan que Él, los forme y los renueve; así, el Dios, de las sorpresas los utilizará y realizará grandes obras a través de ustedes.

En este ámbito de la humildad surge otra virtud que puede resultar muy difícil de aceptar y de vivir: la obediencia. Uno cree saberlo todo, tener la respuesta y que su plan será el que triunfe. El Manual exige obediencia a la autoridad en todo momento, ya sea en el *praesidium*, en la *curia* o a través de todas las instancias superiores hasta llegar al *Concilium* y a la autoridad eclesiástica más alta (Manual, capítulo 29). Dicho capítulo deja claro que la obediencia requiere, en ocasiones, un gran heroísmo. Muchos religiosos que profesan los votos de castidad, pobreza y obediencia afirman que la obediencia es la más difícil de cumplir. ¡Jesús, que es Dios, nos demuestra su importancia al someterse a la humilde Virgen de Nazaret!

Obedecer, significa someter la propia voluntad, a la de otro. Es un gran acto de humildad, pues implica aceptar que la autoridad superior sabe y ve más allá de lo que uno mismo percibe. Al acatar una petición de la autoridad que nos resulta difícil de aceptar, vivimos de manera auténtica la realidad de que no lo sabemos todo y de que nuestra perspectiva puede ser limitada. Además, todo ejército debe funcionar como un equipo, y quienes ocupan los mandos superiores, suelen tener una visión más completa de la situación que la que uno mismo posee.

La Legión de María reconoce que la autoridad suprema en la Iglesia reside en el Colegio de los Obispos y en el Papa. Frank Duff siempre se aseguró de contar con el respaldo de las máximas autoridades; asistió al Concilio Vaticano II y apoyó sus decretos, y el Manual está repleto de referencias a dicho Concilio. La Legión se mantiene totalmente leal y obediente al Papa y a la Iglesia.

Pero permítanme volver a aquellas palabras que leímos anteriormente: «... no puede haber unión con María, sin cierta semejanza con ella, y no puede haber semejanza con ella, si falta su virtud especial de la humildad. Si la unión con María, es la condición indispensable... de toda acción legionaria, entonces el suelo del que dependen estas raíces es la humildad».

Pidámosle a ella, esa gran gracia de la verdadera humildad.

domingo, 2 de agosto de 2026

Alfie, Homilía 24 de julio Irlanda 2026

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Aporte: Hemano Leonardo Puppio
Paraguay

*C O L O M B I A*  Una homilía que nos interpela a todos: ¿qué haría hoy Alfie Lambe? En la Santa Misa anual celebrada en memoria del Siervo de Dios Alfonso (Alfie) Lambe, el P. Bernardo De Nardo nos dejó una profunda reflexión sobre la vocación a la santidad, la acción de la Providencia de Dios y el llamado de cada legionario a continuar la obra de extensión de la Legión de María.

Te invitamos a leer esta homilía con el corazón  pregúntate

¿qué me está pidiendo hoy el Señor a través del ejemplo de
Alfie Lambe?
P. Tony O'Shaughnessy
Excelencia Mons. Mariano Montemayor 
Nuncio Apostólico Iglesia de Santa Inés
Dublín - Irlanda

Te invitamos a leer esta homilía con el corazón preguntarte: ¿qué me está pidiendo hoy el Señor a través del ejemplo de Alfie Lambe? Iglesia de Santa Inés, Dublín, Irlanda Su Excelencia Mons. Mariano Montemayor, Nuncio Apostólico en Irlanda; P. Tony O'Shaughnessy, párroco; legionarios y amigos presentes aquí y quienes nos siguen por internet: Nos hemos reunido hoy para recordar y honrar la vida de un joven irlandés que decidió seguir a Cristo hasta el monte Tabor, como los apóstoles en el Evangelio de hoy, para contemplar la plenitud de su gloria, dejarse transformar por Él y salir luego a anunciarla a todos. Alfie Lambe decidió ser santo desde muy joven y creyó que el camino para alcanzar la santidad era la vocación a la vida religiosa. Sin embargo, Dios tenía otros planes y una enfermedad le impidió seguir ese camino. Pero, habiendo decidido tomar su cruz para seguir a Cristo, aceptó el sufrimiento que ello implicaba y, sin saber lo que le esperaba, puso toda su confianza en la Providencia de Dios. Casi inmediatamente, Dios le mostró cuál era su nueva vocación. Después de dejar a los Hermanos Cristianos, ingresó en la Legión de María en Tullamore. En su praesidium encontró no sólo consuelo, sino también nuevas posibilidades para salvar almas, que es el fin principal y único de todo bautizado comprometido con la santidad. Abrazó plenamente la vocación legionaria y se abandonó por completo en las manos de Nuestra Santísima Madre para que Ella lo guiara allí donde lo necesitara. Las intervenciones de la Divina Providencia llevaron a Alfie a trasladarse a Dublín. Allí se incorporó al Morning Star y dedicó su vida a la Legión. La cercanía con el Concilium y con Frank Duff le dio una visión de la universalidad de la Legión de María. En aquellos años, la Legión crecía rápidamente en Irlanda y se fundaban nuevos praesidia y consejos. A Alfie se le encomendó la tarea de colaborar en la formación de estas nuevas ramas, misión que cumplió recorriendo toda Irlanda. Sobresalió de tal manera en ese trabajo que Frank Duff reconoció en él las cualidades necesarias para ser Enviado, y por ello fue designado para extender la Legión en Sudamérica. Junto con Seamus Grace y formado por Joaquina Lucas, comenzó a recorrer toda Sudamérica con la misión de establecer praesidia en parroquias, diócesis e incluso países enteros. En muy poco tiempo aprendió español y portugués. No puedo imaginar la alegría que habrá experimentado al descubrir cómo la Providencia de Dios le mostraba que su verdadera vocación era ser apóstol de la Legión de María: un Enviado que recorrería todo un continente para difundir el Evangelio y formar a otros para hacer lo mismo. Los legionarios y el clero lo amaban. Su carisma y su amor a la Santísima Virgen hicieron que miles de nuevos miembros ingresaran en las filas de la Legión, y aún hoy continúan trabajando por la salvación de las almas. Una vez más, el Señor le pediría sufrimiento, y Alfie no le diría que no. En 1958, mientras se encontraba en Argentina extendiendo la Legión, organizando nuevos consejos superiores y formando a numerosos legionarios para el trabajo de extensión, le fue diagnosticada una enfermedad. Alfie partió al Cielo en Buenos Aires, Argentina, el 21 de enero de 1959, fiesta de Santa Inés. Providencialmente, hoy nos encontramos reunidos precisamente en la iglesia de Santa Inés, y todos tenemos el honor y la bendición de que esta Santa Misa sea presidida por el representante del Santo Padre en Irlanda, quien además es oriundo de Buenos Aires. La primera enseñanza, y la más importante, es que la santidad es para todos. No importa cuál sea la vocación específica de cada uno; todos somos llamados a ser santos desde el momento de nuestro bautismo. Alfie es un ejemplo perfecto de esta convicción. También es muy importante reconocer las intervenciones de la Providencia de Dios en nuestras vidas y confiar, como lo hizo Alfie, para comprender que muchas veces no vemos con claridad; pero, si nos dejamos conducir por Ella, incluso en los momentos de oscuridad o confusión, más adelante veremos sus frutos. De la vida y del ejemplo de Alfie aprendemos lo que dice el Manual de la Legión de María acerca del sufrimiento en el Cuerpo Místico de Cristo: «Todo cristiano debe comprender que no puede escoger unas cosas de Cristo y rechazar otras.» (Capítulo 9, punto 3). Si queremos, como los apóstoles en el Evangelio de hoy, subir al encuentro del Cristo de la alegría y de la gloria, ciertamente podremos hacerlo. Pero en el camino, tanto al subir como al bajar, también encontraremos al Cristo del dolor y del sacrificio. El legado de Alfie es su propia vida: el ejemplo que nos dejó, las cartas que escribió, los praesidia y consejos que fundó, las personas que formó. Nuestra tarea consiste en conocerlo leyendo sobre su vida, preguntando por él a quienes lo conocieron y, finalmente, imitando sus virtudes. Ante todo, las mismas virtudes que ya hemos mencionado y algunas más. Debemos estar convencidos de que el sistema legionario nos conducirá a la santidad, como condujo a Alfie. Esa convicción hará que comprendamos de manera natural la necesidad de extender la Legión. Para poder hacerlo debemos perseverar en nuestra pertenencia a la Legión; debemos conocerla y amarla cada vez más. Debemos ser conscientes de que la extensión de la Legión sólo ocurrirá si nosotros la hacemos posible, como hizo Alfie, primero aquí en Irlanda y luego en Sudamérica. Por eso, queridos legionarios, vayan a la parroquia vecina y procuren fundar nuevos praesidia; vayan a la diócesis vecina y establezcan la Legión allí donde todavía no existe. Y aún más: no pongan límites a la acción de la Providencia de Dios. Vayan también a otras naciones y comiencen allí la Legión, como hizo Alfie. Todos nosotros somos bendecidos por pertenecer a la Legión de María porque alguien la estableció antes para nosotros; ahora nos corresponde bendecir a las generaciones futuras haciendo hoy lo mismo por ellas. Finalmente, todos los legionarios debemos trabajar por la canonización de Alfie: distribuyendo su estampa de oración, pidiendo favores y milagros por su intercesión y comunicándolos al Concilium cuando sean concedidos. Si realmente queremos que Alfie sea canonizado, debemos trabajar para ello. Hoy nos hemos reunido para pedir a Dios su canonización; pues bien, también debemos hacer todo lo que esté de nuestra parte para alcanzarla. Como dice una cita del Manual de la Legión de María, de Santo Tomás Moro: «Las cosas que te pido, Señor, concédeme la gracia de trabajar para alcanzarlas.» Es una alegría poder estar hoy reunidos para reflexionar sobre la santa vida de este joven legionario, que constituye para todos nosotros una verdadera inspiración. Cada vez que nos reunimos como familia de Cristo para celebrar la Santa Misa, nos sentimos un poco como si estuviéramos en el monte Tabor contemplando a Jesús en su divinidad, y desearíamos permanecer allí para siempre. También Pedro quiso quedarse para siempre con Jesús en el monte Tabor. Pero Jesús nos envía, como envió entonces a sus apóstoles, a anunciar su Palabra y su Amor a toda la creación. 

lunes, 20 de julio de 2026

Allocutio Concilium Legión de María, junio 2026

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 Allocutio Concilium Legión de María
Junio 2026
Fr. Paul Churchill, Director Espiritual del 
Concilium 

María se unió a Jesús para la sanación de los pecados

Cuando acudimos a Nuestra Señora en oración, lo hacemos con una afirmación sobre nosotros mismos. Permítanme citar: «Ruega por nosotros, pecadores» (Avemaría), «Ante ti, nos presentamos, pecadores y agobiados» (Acordaos), «pobres hijos desterrados de Eva» (Salve). Sí, acudimos como hijos de Eva, como pecadores. Sin embargo, nuestra manera de referirnos a nuestros pecados, tal vez no se ajuste plenamente a la realidad. Digo esto a la luz de las palabras que Nuestro Señor pronunció en la Cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Escapa a nuestra comprensión cómo la infinita majestad de Dios, se ve ofendida por nuestros pecados, pero es posible que haya algo más.

Estas palabras son pronunciadas por Aquel, que soporta su Pasión, para borrar nuestros pecados. Él, más que nadie, conoce el peso de nuestras faltas. Sí, todos hemos hecho o dicho cosas que nos causan vergüenza y remordimiento, y por las que sentimos un dolor sincero. Y hay quienes se sienten tan abrumados por el mal que han cometido que terminan cayendo en la depresión, quedando incapacitados o internados en centros psiquiátricos, o incluso llegando al suicidio.

Nuestro problema, es que ni siquiera vemos muchos de nuestros pecados, ni el daño que causan. ¡Quizás nuestras numerosas actitudes negativas, nuestra falta de confianza en los demás y nuestro orgullo han causado más daño del que imaginamos! Tú y yo, podemos pensar que estamos bien, que no somos grandes pecadores, que solo tenemos los defectos habituales. Tal vez algo que hacemos por costumbre, o algo que no vemos en nosotros mismos, ha dejado heridas más profundas de lo que creemos. Nos cruzamos con alguien que no encaja y lo menospreciamos en nuestro corazón; pero esa persona es así, debido a una falta de amor. Alguien experimenta con las drogas: «Es algo personal, ¿sabes? ¡Nada grave, es solo recreativo!». Pero no se da cuenta de que forma parte de esa red mundial, que ha dado origen a los cárteles de la droga y a todas las muertes que estos provocan. Algunos consumen pornografía: «Bueno, solo un poco». Pero al hacerlo, es posible que estén abusando de otras personas y socavando su propia capacidad para relacionarse. No lo sabemos. Señor, no lo sabemos. Que tu gracia nos ayude a ver con mayor claridad para que podamos comenzar a cambiar.

George Eliot, escribió estas palabras en su obra *Middlemarch*: «Pues el bien creciente del mundo depende en parte de actos que no pasan a la historia; y que las cosas no vayan tan mal para ti y para mí como podrían haber ido, se debe en buena medida a la multitud de personas que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita». ¡Qué gran verdad! Pero, del mismo modo, las generaciones futuras podrían sufrir a causa de algún daño o mal que hayamos cometido y que dejó su oscura huella en la historia; y nuestro Purgatorio, podría consistir en contemplar, con vergüenza y horror, las consecuencias derivadas de tantas palabras pronunciadas, de tantas actitudes negativas y de tantas acciones —realizadas u omitidas— que causaron daño. No sabemos lo que hacemos.

Sin embargo, quiero señalar ahora un gran remedio para todo esto: la Misa..

Cristo, en su pasión, asumió todos los pecados del mundo. ¡Todos! Su sufrimiento y muerte constituyeron aquel momento único en la historia en el que el efecto total de todo pecado se concentró en una sola persona; Él, lo absorbió hasta la última gota, pero permaneció como amigo nuestro y confió en Dios, hasta el final. «No pronunció ni una sola mala palabra». Injuriado, no devolvió el insulto. Ese acto noble venció al pecado. Al llevar su sacrificio a la eternidad, lo convirtió en la única ofrenda eterna, por todos los pecados. Las teorías de la relatividad de Einstein, afirman que el tiempo, puede curvarse o comprimirse. Pero Einstein, no sabía ni la mitad de la verdad. Cuando celebramos la Misa, somos transportados a aquel momento en que Cristo murió en la Cruz y llevó su sacrificio a la eternidad, haciéndolo así accesible a través de todos los tiempos. Lo que hacemos en la Misa, es unirnos a ese sacrificio y hacerlo nuestro. Por eso rezamos en la Plegaria Eucarística III: «Mira, Señor, la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella, a la Víctima inmolada, por cuya muerte, quisiste reconciliarnos contigo...». También por esta razón hacemos sonar las campanas en ese momento de la Misa y nos arrodillamos: para señalar que ese sacrificio eterno, se hace presente ahora en el Altar, a fin de que nosotros lo ofrezcamos a Dios, en reparación por nuestros pecados.

Pero eso no es todo. Cristo, nos pide a todos que unamos nuestra persona, nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras acciones y nuestros pensamientos a ese sacrificio, y que participemos en él. Él mismo, dijo: «Haced esto en memoria mía». Por tanto, debemos decir, como Él y con Él: «Este es mi cuerpo, entregado por vosotros. Esta es mi sangre, ofrecida junto a Ti, que nos perdonaste los pecados. Ayúdame también a perdonar». Es uniéndonos a ese sacrificio como podemos superar nuestros propios pecados y ayudar a cambiar el mundo para mejor

La muerte de Aquel que no conoció pecado, entregado totalmente a Dios, sin reservas, borró todos nuestros pecados. Lo que debemos hacer es entrar en contacto con ese sacrificio y permitir que su sangre fluya sobre nosotros. Se anima a los legionarios a asistir a Misa diariamente. Ciertamente debemos cumplir el mandato que nos llama a Misa cada domingo y en otras ocasiones especiales, y adentrarnos en su misterio con todo el corazón. Al igual que san Juan, permanezcamos junto a María y ofrezcamos con ella, este sacrificio por nuestros propios pecados (y por las benditas almas). Mediante una participación activa desde el corazón, uniéndonos a Cristo, ofrezcamos nuestros cuerpos a su servicio y, junto a María, perdonemos a todos los que nos ofenden. Escuchemos a Cristo, encomendarnos unos a otros para cuidarnos mutuamente y librarnos de toda negatividad, rogando a Dios, que nos ayude a comprender mejor las consecuencias de nuestros pecados, a fin de que nos propongamos con mayor firmeza no volver a pecar. Y allí, junto a san Juan, hagamos sitio a nuestra Madre María, en el hogar de nuestros corazones, pues ella, —concebida sin pecado— nos ayudará a sanar de todas nuestras dolencias: tanto de aquellas que conocemos como de los cánceres ocultos que pueden acechar en nuestras almas. «¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que acudimos a ti!».

 

martes, 14 de julio de 2026

Cita del dia Bede McGregor O.P. julio 2026

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Deseo hablar brevemente ahora del modelo más fundamental de todos los que utiliza Frank Duff, para explicar la naturaleza del apostolado: la unión del Espíritu Santo y María, que da al mundo a Jesús, el Verbo eterno hecho carne. Ya hemos dicho que no hay nada en María, que no sea una referencia a Cristo.

Ella, es totalmente cristocéntrica y, si nuestra devoción hacia ella, se detuviera en ella misma, no sería una verdadera devoción. Vamos hacia Jesús, a través de María y con ella. Existe un movimiento análogo en María, hacia el Espíritu Santo. Ella, está totalmente abierta al Espíritu Santo, completamente bajo su influencia. Él, es el agente principal en su maternidad respecto a Jesús y a su Cuerpo Místico. Él, es el agente principal en toda evangelización. Y la posición del Espíritu Santo, en relación con María, constituye el paradigma fundamental para la Legión de María.

El legionario hace su promesa al Espíritu Santo. Todo en la Legión, está sujeto a su influencia y a que Él, los cubra con su sombra. Precisamente porque el espíritu de la Legión es el espíritu de María, el Espíritu Santo, goza de absoluta primacía en la vida del legionario. Y es la unión de María y el Espíritu Santo lo que hace que la persona apostólica esté mejor capacitada para llevar a Jesús, a la vida de los demás.

Rvdo. P. Bede McGregor, O.P., antiguo Director Espiritual del Concilium

lunes, 13 de julio de 2026

jueves, 9 de julio de 2026

CITA DEL DIA, julio 2026

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CITA DEL DIA


La Legión de María, fundada cuatro décadas antes del Concilio Vaticano II, me parece que incorpora algunas de las hermosas intuiciones, enseñanzas y directrices de dicho Concilio sobre la colaboración entre sacerdotes y laicos. Unas palabras sobre esta excelente organización servirán para concluir nuestras reflexiones.

 ElManual y la práctica de la Legión de María establecen que se espera que el sacerdote Director Espiritual, proporcione orientación doctrinal y espiritual al *praesidium* o a cualquier otro consejo. Él imparte la bendición de Dios, a los miembros y constituye su vínculo con el Obispo, con quien se valora la importancia de la comunión eclesial.

 Los laicos guían y dirigen la Legión de María; ellos la presiden y la administran. Ellos ven, juzgan y actúan: evalúan situaciones, asignan tareas y analizan los informes sobre el trabajo realizado. Se acercan directamente a las personas y no temen compartir la fe, con aquellos que están dispuestos y abiertos a recibirla.

 Aprenden a superar el respeto humano y a evangelizar. Escuchan la alocución del sacerdote, quien les ofrece el alimento espiritual y teológico que anima y nutre su apostolado. La Legión de María equilibra la oración y la acción; esto queda patente incluso en el orden de los actos de una reunión de *praesidium*.

 Mucho antes del Vaticano II, la Legión ya incorporaba algunas de sus mejores directrices sobre los roles —distintos pero complementarios— de los sacerdotes y de los fieles laicos.

Su Eminencia, el Cardenal Francis Arinze, Prefecto Emérito de la Congregación para el Culto Divino (Vaticano)