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Allocutio Concilium
Legión de María

Madre de la Divina
Gracia
Antes de Navidad reflexioné sobre
la Nota Declaratoria del Dicasterio para la Doctrina y la Fe de la Iglesia,
sobre la Devoción a María, Madre de Dios. Con la ayuda de Frank Duff y San Luis
María Grignion de Montfort, podemos afirmar que María, es una criatura, con una
distancia infinita entre ella y Dios. Con la ayuda, por ejemplo, de Frank Duff,
podemos verla como perteneciente a la humanidad redimida por Cristo, cuya
redención comienza con su Inmaculada Concepción y culmina en su Asunción al
cielo. Reconocemos también que toda gracia proviene de Dios, pues cualquier
gracia se debe a su buena voluntad hacia nosotros, una generosidad ilimitada.
Los Evangelios nos ofrecen amplias pruebas de que Dios, escucha nuestras
súplicas de auxilio, incluyendo las intercesiones de su Madre.
Sin embargo, subsiste una
pregunta sobre el papel de María, en la obtención de la gracia. Como vimos, el
título de María Mediadora de toda gracia, debe usarse con prudencia. Pero
también se han planteado dudas sobre la idea de que Dios, permite que sus gracias
se dispensen a través de ella, y —como afirma la Promesa de la Legión— que es
por medio de ella, «a quien ella, quiere, cuando ella, quiere y de la manera y
en la cantidad que ella, quiere», que se administran todos los dones y gracias
del Espíritu Santo. Algunos se muestran desconcertados ante esta afirmación.
Así que analicemos esto con más detenimiento.
Una razón inicial para no
descartar esta idea, es que no proviene de San Luis María Grignion de Montford.
Alberto Magno, maestro de Tomás de Aquino, quien también la veía como
depositaria de lo que pertenecía al Espíritu Santo, dice: «¡Ella derrama y da
el vino del Espíritu Santo, a quien quiere y en la medida que quiere!». San
Bernardo, la veía como abordemos con los Evangelios y luego reflexionemos sobre
la Asunción.
Dos momentos en los Evangelios,
nos han causado cierta incomodidad. El primero es cuando, tras ser hallado en
el Templo, Jesús, le dice a su madre: «¿Por qué me buscabas? ¿No sabías que
debía estar en la casa de mi Padre?». Y sin embargo, a pesar de este aparente
momento de rebeldía, se nos dice que regresó a Nazaret, con ellos y «les
obedeció». Observamos que la segunda Persona de la Santísima Trinidad se sometió
a la autoridad de María. El segundo momento de desaprobación llega con las
bodas de Caná. Cuando María, le dice a Jesús, que se ha acabado el vino, Jesús,
le responde: «¡Oh, mujer! ¿Qué tienes que ver conmigo? ¡Todavía no ha llegado
mi hora!». Sin embargo, a pesar de la aparente reprimenda, realiza el primero
de sus milagros, un milagro que muchos han relacionado con Pentecostés, en el
día en que vino el Espíritu Santo, y descendió sobre los apóstoles.
Ambos momentos evidencian la
autoridad que Dios, le otorgó a María, sobre Jesús, durante su vida terrenal.
Dios, la había elegido y preparado para confiarle a su propio Hijo. Si le
confió a la Segunda Persona de la Trinidad, ¿por qué no confiarle también a
ella, «llena de gracia», las gracias de la redención?
Ambos momentos hablan claramente de cierta
autoridad que Dios, concedió a María, sobre Jesús, mientras ella, estaba en
este mundo. Dios, ya la había elegido y preparado para poder confiarle el
cuidado de su propio Hijo. Si pudo confiarle a ella, a la Segunda Persona de la
Trinidad, ¿por qué no confiarle a ella, «llena de gracia», las gracias de la
redención?
Pero debido a su Asunción, en cuerpo y alma, al
cielo, ahora debemos verla de manera diferente. Si aquí en este mundo veía las
cosas «como en un espejo, de manera oscura» (1 Cor 13, 12), ¿cuánto más puede
ver y comprender a Dios, ahora? San Juan, dice: «Sabemos que cuando él, se
manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es» (1 Jn 3,
2). Jesús, es claro: «Los que sean considerados dignos de alcanzar… la
resurrección de entre los muertos… ya no pueden morir, porque son iguales a los
ángeles…» (Lc 20, 35-36), quienes ven inmediatamente la voluntad de Dios, y la
cumplen. Escuchemos de nuevo a San Juan: «El que ama la verdad, viene a la luz,
para que se vea claramente que lo que hace es en Dios» (Jn 3, 21).
Al reflexionar sobre las implicaciones de estas
palabras para María, que no conoció pecado y ahora comparte la gloria
resucitada del cielo, ¿acaso no debemos admitir que cualquier gracia que ella,
obtenga para nosotros debe ajustarse totalmente a la voluntad de Dios y nunca
será de otra manera? Y Dios, que pudo confiarle a su Hijo unigénito en la
tierra, ¿por qué dudar ahora de que también puede confiarle sus gracias en el
cielo, sabiendo que ella, solo las distribuirá según su santa voluntad? ¡Su
papel nunca está separado del Espíritu Santo! Ella solo deseará y en la medida
que el Espíritu Santo lo desee.
Añado esto —teniendo en cuenta el relato de Bernadette
de que la Virgen le dijo: «No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en
el venidero»— debemos reflexionar sobre lo que ella, ahora considera más
importante: el mundo venidero. Y sin duda, con corazón de madre, desea que
todos estemos allí con ella, desea lo mejor para nosotros, y por eso buscará
cualquier gracia que necesitemos. Y puesto que trabaja aún más estrechamente
con el Espíritu Santo, que antes, si podemos decirlo así, ¿por qué dudar de esa
expresión de su obra celestial, tal como se articula en la Promesa que, como
señalo, se basa en las reflexiones de oración de grandes santos marianos de
siglos pasados?
María, tiene un papel único como colaboradora en la
obra de la redención e intercediendo por nosotros, ante Nuestro Señor. Dado el
papel especial que desempeñó en la tierra, trabajando tan estrechamente con el
Espíritu Santo, y acogiendo a Jesús, sin duda no es menos importante en el
cielo, donde ve a Dios, cara a cara y ha sido hecha Reina, participando ahora,
en una forma elevada, de los planes de Dios, que aquí abajo «ningún ojo vio ni
oído oyó» (1 Cor 2,9). Todos los legionarios deberían reflexionar sobre esto en
oración. De hecho, toda la Iglesia debe hacerlo.
Nos acercamos a la celebración del Acies y la
Fiesta de la Anunciación. Este es el acontecimiento del que depende la creación
y la historia. Porque Dios, creó el mundo para que esto pudiera suceder. Y
estamos profundamente agradecidos a Nuestra Señora, por su Fiat, por su
consentimiento para permitir que el Redentor, viniera entre nosotros y por
permitir que su cuerpo fuera usado para ello. Por designio de Dios, ella, ya
había sido redimida y preservada del pecado original, y por lo tanto estaba
llena de gracia por el poder del Espíritu Santo. Por supuesto, su redención no
se consumaría hasta su asunción al Cielo. El Papa Pío XII, en su Constitución
sobre la Asunción, teniendo en cuenta todo esto, añade: «Por corona de todas
sus gracias, fue eximida de la condenación a la corrupción… y fue llevada al
Cielo… para reinar allí como Reina». Así pues, no dudemos en acudir a esta
criatura plenamente redimida que ahora goza de acceso ilimitado a Dios Todopoderoso, ¡y pidámosle su
constante intercesión!
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