Imprimir Archivo pdf: Allocutio Concilium Legión de María
Allocutio Concilium
Legión de María
Fr. Paul Churchill, Director Espiritual
Dublín - Irlanda
María, Reina de Mayo, Reina de la Paz
Todos conocemos la aparición de Nuestra Señora en Fátima, tal y como la relataron los tres niños. Tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial. Según se cuenta, ella dijo que la guerra actual terminaría, pero que vendría una guerra peor si la gente no rezaba y hacía penitencia. También observo que, incluso antes de que se apareciera Nuestra Señora, la primera aparición a los niños fue la del Ángel de la Paz y que, más tarde, en un momento dado, se dice que Nuestra Señora habló de la próxima visita del 13 de octubre: «San José también vendrá con el Santo Niño para traer la paz al mundo». Una cosa que muestran estos acontecimientos es que el Cielo se preocupa por la paz en la tierra. Nada ha cambiado desde el día en que nació Jesús: «¡Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres en la tierra!».
En los últimos años, al seguir el conflicto de Ucrania, los atentados del 7 de octubre de 2023 y la posterior destrucción total de Gaza, así como los recientes brotes de guerra entre Estados Unidos e Irán, sin olvidar tampoco las otras guerras olvidadas, he estado rezando a Nuestra Señora, en su papel de Reina de la Paz, por la paz en el mundo. Y tal vez los recientes intentos de abstenerse de los ataques puedan ser una señal de que nuestras oraciones están surtiendo efecto. Pero la llamada a la oración y a la penitencia sigue siendo constante.
Invito, pues, a todos los miembros de la Legión de María a recurrir constantemente a Nuestra Señora, Reina de la Paz, y a ofrecerle un torrente incesante de oraciones, pidiendo su intercesión por la paz en nuestro mundo. Pero también debemos orar y pedir la ayuda del Espíritu Santo, quien hizo que ella, concibiera al Rey de la Paz, por los líderes actuales y futuros, para que el Espíritu Santo de la Paz, toque lo más profundo de su ser, ya que con tanta frecuencia los líderes toman decisiones equivocadas. Creen que una guerra rápida lo resolverá todo. Y luego se empantana todo, cuando primero deberían haber pedido ayuda a Dios, para elegir el mejor camino. Llorando por Jerusalén, Jesús dijo: «Si supierais lo que es la paz». Muchos no lo saben. Pero Jesús, lo sabía, lo enseñó y lo demostró de manera suprema en la Cruz. Como dijo Pedro: «Le insultaban, pero él no respondía con insultos». Y una vez resucitado de entre los muertos, sus primeras palabras a los discípulos en el Cenáculo fueron: «¡Paz!».
Jesús dijo en la Última Cena: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Jn 14, 27). El mundo concibe la paz, como la ausencia de guerra y las condiciones que permiten obtener beneficios a costa de los más vulnerables. Pero Jesús, la ve como algo profundo en nuestro interior que nos convierte en ciudadanos de nuestro futuro Cielo, incluso si sufrimos, como Él, decisiones injustas, malos tratos y violencia. La mayor paz proviene de conocer la voluntad de Dios y cumplirla, sabiendo que estamos en el camino hacia el Cielo.
En la carta a los Hebreos leemos: «No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la que está por venir» (Heb 13, 14). Esto también nos ayuda a comprender las palabras de Nuestra Señora a Bernadette: «No te prometo la felicidad en este mundo, sino en el otro». La nueva Jerusalén, es la ciudad de la Paz, donde no se admiten posibles alborotadores. Pero, ¿qué es lo que constituye esa paz, que el mundo no puede dar?
La paz de Dios consiste en hacer la voluntad de Dios con plena confianza en un Dios que nos ama y que estará a nuestro lado. La paz también proviene de saber que Jesús nos ha perdonado. Dios nos pide que nos amemos los unos a los otros como Él nos amó. Jesús no nos hizo ningún mal, sino que, por el contrario, nos hizo mucho bien, soportó con paciencia todas nuestras deficiencias y nos perdonó. Él nos pide que hagamos lo mismo y que formemos parte de su Reino. La recompensa es el Cielo. Allí no se permite la entrada a ningún malhechor, nadie que perturbe su paz puede entrar. Por eso muchos aún tienen que pasar por el Purgatorio, para que los últimos restos de un alma perturbada sean completamente purificados y sanados antes de ser admitidos. El Cielo es el mundo garantizado de la paz. Pero solo puede serlo para las almas que saben qué es lo que da paz.
La oración «Hazme un canal de tu paz» se atribuye a San Francisco. Pero solo podemos ser canales de paz si primero formamos en nuestro interior un alma que esté plenamente en armonía con Jesús y María. Muchos de los problemas de la vida provienen de almas perturbadas que sufren ansiedad o inseguridad. Cuando las riendas las llevan personas dominadas por los celos, la paranoia y los temores sobre el futuro, aumenta el riesgo de tensiones locales y de mayor alcance. Pero si las almas pueden tener una paz profunda en su interior, esto puede tener sus efectos en las salas de juntas y en las mesas del gabinete, y no menos importante, en la vida familiar y en las relaciones. Como dice el himno: «Que haya paz en la tierra y que comience por mí». Por eso, todos debemos pedir a Nuestra Señora que seamos personas de profunda paz interior, de buena voluntad hacia todos los hombres, y permitir que el Rey de la Paz reine a través de nosotros.
Y si por casualidad hay personas en la Legión de María, envueltas en conflictos, enfrentadas entre sí o que provocan tensiones en las reuniones, tenéis la obligación ante Nuestra Señora, de pedirle ayuda, de estar incluso dispuestos a renunciar a vuestro cargo si eso ayuda, para que otra persona, que pueda traer paz a la comunidad, pueda hacerse cargo. Y así debe ser, aunque no tengáis la culpa. Al fin y al cabo, Nuestro Señor, sufrió la humillación de la Cruz, para reconciliarnos con Dios, a pesar de ser inocente. Los caminos del Rey y la Reina de la Paz, deben ser nuestro camino en la Legión.

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