Imprimir Archivo pdf: María Legionis: Allocutio Concilium junio 2026

María Unida a Jesús
para la Sanación de los Pecados
Cuando acudimos a Nuestra Señora en oración, lo hacemos con una afirmación sobre nosotros mismos. Permítanme citar: «ruega por nosotros, pecadores» (Avemaría), «ante ti me presento, pecador y dolorido» (Acordaos), «pobres hijos desterrados de Eva» (Salve). Sí, acudimos como hijos de Eva, como pecadores. Pero nuestras declaraciones sobre nuestros pecados, tal vez no se ajusten plenamente a la realidad. Digo esto a raíz de las palabras que Nuestro Señor, pronunció en la Cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Escapa a nuestra comprensión, cómo la infinita majestad de Dios se ve ofendida por nuestros pecados, pero puede haber algo más.
Esas palabras son pronunciadas por El, que soporta su Pasión, para deshacer nuestros pecados. Él, mejor que nadie, conoce el peso de nuestras faltas.
Sí, todos tenemos cosas que hicimos y dijimos que nos causan vergüenza y remordimiento, y por las que sentimos un pesar sincero. Y algunos se sienten tan abrumados por las faltas que cometieron que terminan deprimidos, incapacitados, en unidades psiquiátricas o incluso llegan al suicidio.
Nuestro problema, es que ni siquiera vemos muchos de nuestros pecados ni el daño que causan. ¡Quizás nuestras muchas actitudes negativas, nuestra falta de confianza en los demás y nuestro orgullo, también ha causado más daño del que imaginamos! Tú y yo podemos creer que estamos bien, que no somos grandes pecadores, que solo tenemos los defectos habituales. Tal vez algo que hacemos por costumbre, o algo que no vemos en nosotros mismos, ha dejado heridas más profundas de lo que imaginamos. Nos cruzamos con personas que no encajan y las menospreciamos en nuestro corazón.
Nuestro problema es que ni siquiera vemos muchos de nuestros pecados ni el daño que causan. ¡Quizás nuestras muchas actitudes negativas, nuestra falta de confianza en los demás y nuestro orgullo también han causado más daño del que imaginamos! Tú y yo podemos pensar que estamos bien, que no somos grandes pecadores, que solo tenemos los defectos habituales. Tal vez algo que hacemos por costumbre, o algo que no vemos en nosotros mismos, ha dejado heridas más profundas de lo que imaginamos. Nos cruzamos con personas marginadas y las menospreciamos en nuestro corazón. Pero... María, unida a Jesús está para la sanación de los pecados.
George Eliot, escribió estas palabras en su obra *Middlemarch*: «Porque el bien creciente del mundo depende en parte de actos que no pasan a la historia; y que las cosas no vayan tan mal para ti y para mí, como podrían haber ido, se debe en gran medida a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita». ¡Qué gran verdad! Pero, del mismo modo, las generaciones futuras, podrían sufrir a causa de algún daño o mal que hayamos cometido y que dejó su oscura huella en la historia; y nuestro Purgatorio, podría consistir en contemplar, con vergüenza y horror, las consecuencias que se derivan de tantas palabras dichas, de tantas actitudes negativas, de tantas acciones realizadas —u omitidas— que causaron daño. No sabemos lo que hacemos. Pero quiero señalar ahora un gran remedio para todo esto: en la Misa, Cristo, con su pasión, asumió todos los pecados del mundo. ¡Todos! Su sufrimiento y su muerte, fueron aquel momento de la historia en que el efecto total de todo pecado, se concentró en una sola persona; Él, lo absorbió hasta la última gota, pero siguió siendo amigo nuestro y confió en Dios hasta el amargo final. «No pronunció ni una sola mala palabra». Insultado, no respondió con insultos. Ese único acto noble venció al pecado.
Al llevar su sacrificio a la eternidad, Él, lo ha convertido en la única ofrenda eterna por todo pecado. Las teorías de la relatividad de Einstein, afirman que el tiempo puede curvarse o comprimirse. Pero Einstein, no sabía ni la mitad. Cuando celebramos la Misa, somos llevados a aquel momento en que Cristo murió en la Cruz y llevó su sacrificio a la eternidad, haciéndolo así accesible a través de todos los tiempos. Y lo que hacemos en la Misa, es unirnos a ese sacrificio y hacerlo nuestro. Por eso rezamos en la Plegaria Eucarística III: «Mira, Señor, la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella, a la Víctima inmolada, por cuya muerte quisiste reconciliarnos contigo...». Es también la razón por la que hacemos sonar las campanillas, en ese momento de la Misa, y por la que nos arrodillamos: para señalar que ese eterno.
Pero eso no es todo. Cristo, nos pide a todos que unamos nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras acciones y pensamientos a ese sacrificio, y que participemos en él. Él mismo dijo: «Haced esto en memoria mía». Por tanto, debemos decir, como Él, y con Él: «Este, Señor, es mi cuerpo entregado por ti. Esta, Señor, es mi sangre ofrecida contigo, que nos perdonaste los pecados. Ayúdame también a perdonar». Es uniéndonos a ese sacrificio como podemos vencer nuestros propios pecados y ayudar a cambiar el mundo para mejor.
La muerte de Aquel que no tenía pecado, ofrecido totalmente a Dios, sin reservas, borró todos nuestros pecados. Lo que debemos hacer es entrar en contacto con ese sacrificio y permitir que su sangre fluya sobre nosotros. Se anima a los legionarios, a asistir a Misa diariamente. Ciertamente debemos cumplir el mandato que nos llama a Misa cada domingo, y en otras ocasiones especiales, y adentrarnos en su misterio de todo corazón. Como san Juan, permanezcamos junto a María y, con ella, ofrezcamos este sacrificio por nuestros propios pecados (y por las almas santas). Mediante una participación tan activa desde el corazón, uniéndonos a Cristo, ofrezcamos nuestros cuerpos a su servicio y perdonemos, junto a María, a todos aquellos que nos ofenden. Escuchemos a Cristo, encomendarnos unos a otros para cuidarnos mutuamente y librarnos de toda negatividad, rogando a Dios, que nos ayude a ver mejor las consecuencias de nuestros pecados, para que nos propongamos con mayor firmeza no pecar. Y allí, junto a san Juan, hagamos sitio a nuestra Madre María, en el hogar de nuestros corazones, pues Ella, concebida sin pecado, nos ayudará a sanar de todas nuestras dolencias: tanto de aquellas que conocemos como de los cánceres ocultos que pueden acechar en nuestras almas.
«Oh María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que acudimos a ti».
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