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Encuentro de formacion virtualServicio Legionario
Manual, capítulo 4
Hermana María Lina Duarte
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Curia María - Madre de la Sabiduría)
Allocutio Concilium Legión de María 23 marzo 2025
Allocutio Concilium Legión de María
P Paul Churchill, Director Espiritual del Concilium

Conocer a Cristo Crucificado
Con ustedes decidí no conocer más que a Jesús, el Mesías, y un Mesías crucificado (1 Cor: 2,2). Así lo expresó
San Pablo poco más de 20 años después de los acontecimientos del Viernes Santo.
Pero también nosotros, casi 2.000 años después, no necesitamos conocerle de
otro modo. Cada vez que celebramos la Misa, cada vez que rezamos ante el
Santísimo Sacramento, cada vez que pasamos ante una Iglesia, recordemos que la
Persona que está allí es la que ha sido crucificada y todavía lleva en su
cuerpo las heridas de esa crucifixión. No hay otro modo de recordarlo, de ser
conscientes de él.
Sólo podemos pensar ocasionalmente en él como el
Hijo eterno con el Padre, o la Palabra hecha carne en el seno de la Virgen, o
el niño nacido en el establo de Belén, o el gran predicador y taumaturgo de
Galilea. Pero la gran realidad en este momento es que Él, es el que fue
crucificado, murió, fue sepultado y ha resucitado de entre los muertos,
llevando las heridas de su Pasión. Y tanto si es a un Tomás dubitativo que
exige ver las llagas hechas en sus manos, como si es a una Margarita María
Alocque, más reciente a quien muestra su corazón herido, sigue siendo la misma
realidad: Cristo crucificado, resucitado pero todavía con sus heridas. Por eso
tenemos las 5 tachuelas en el Cirio Pascual.
San Pablo dice: «¡Predicamos a un Cristo
crucificado!». (1 Cor 1, 23). Cada vez que nos presentemos ante Él para orar,
sea en la Iglesia o en la intimidad de nuestro hogar, sea en la Misa o en
cualquier otro Sacramento, tengamos siempre ante nosotros esa realidad: éste es
el que todavía lleva las llagas de la Cruz. Sólo así podremos conocerle y
relacionarnos con Él.
Y no olvidemos nunca que la razón por la que es así,
es por nuestros pecados. Él todavía lleva las heridas de nuestros pecados.
Incluso en la eternidad adoraremos al Cordero en cuya sangre todos hemos sido
lavados (Ap 7,13-14). De hecho, en el Libro del Apocalipsis o Revelación hay 28
referencias al Cordero y muchas de ellas se refieren a él inmolado, o a su
sangre por la que hemos sido lavados. Esta es su realidad actual y como será en
la eternidad.
Cuando vas a rezarle, cuando le pides ayuda, ¿cómo
lo visualizas? Recuerda siempre sus heridas. Recuérdate a ti mismo que él
sufrió todo esto a causa de tus pecados. Este debe ser el punto de partida de
cada encuentro con Él.
Cuando Jesús aceptó el marco de madera de la Cruz,
aceptó algo aún más pesado. Asumió los pecados de todo el mundo. Como dijo
Isaías: «Herido fue por nuestra rebelión, molido por nuestros pecados» (Is
53,5).
La decisión y la intención de crucificar a Jesús,
llevaban incrustados todos los pecados del mundo. El odio y los celos por parte
de los saduceos y fariseos, la traición a la verdad por parte de Pilato, la
opción de Pilato y los apóstoles de ir a salvarse y optar por la comodidad
personal. Y luego, tal vez, la mayoría silenciosa. Podemos leer en ese momento
también el abandono absoluto de la compasión. La oración y la reflexión
mostrarán más. Este es el peso que lleva; esta es la carga que sabe que debe
soportar para que el reino del pecado pueda terminar.
Pero entonces cae al suelo. Su fuerza física le ha
abandonado. Pero tal vez su fuerza espiritual también esté bajo presión. Sin
embargo, sabe que debe levantarse y seguir hasta el final. Y cuando se levanta,
allí está ella, a la que se dirige como «¡Mujer!». La persona de la creación de
la que más depende. Siempre ha dependido de ella. Ahora más que nunca. Porque
ve en ella, no sólo a su madre, sino a la llena de gracia y belleza y hermosura
y compasión y el amor más puro. Ella le muestra que la raza humana es hermosa y
que merece la pena luchar por ella. De ella saca fuerzas para seguir adelante y
completar su misión.
Esto se ve reforzado por Simón, que presta voluntariamente
sus hombros a la Cruz al verlo exigido por las circunstancias. Verónica le
muestra una bondad espontánea y, de hecho, a medida que avanza su calvario, se
ve recompensado. El joven Juan está allí con su madre, Magdalena y las demás
mujeres, el buen ladrón le defiende y busca su intercesión. Y, justo al morir,
¿oyó decir al centurión: «Éste era un buen hombre, éste era un hijo de Dios»?
En la muerte vuelve al Padre en la eternidad y
lleva su pasión y muerte soportadas hasta su Padre celestial. Y se eterniza
para que en cada Misa podamos tener contacto directo con él. Pero, como
muestran sus experiencias de resurrección, sigue llevando sus heridas. Así
debemos mirar al Señor en el Altar, en el Sagrario, en nuestros espacios
privados, cada vez que nos dirigimos a Él. Él es el Señor que lleva las heridas
de nuestros pecados, por los que se entregó totalmente.
En su existencia terrena dependió sobre todo de una
persona. De su Sí dependió su entrada en el mundo, de sus pechos su primera
leche, de sus manos suaves sus primeros pasos, de su guía se mantuvo alejado de
la mirada pública antes de que ella le autorizara a seguir adelante con su
ministerio en las bodas de Caná, símbolo de las bodas del Cordero que fue
inmolado por nosotros.
San Pablo decía: « Ahora me alegro
por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que
falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia,» (Col 1,24). La Virgen lo vivió. Nos pide que hagamos lo mismo. Y yo
sólo me pregunto esto: ¿se librará alguna vez Nuestro Señor de esas heridas de
la Cruz? Tal vez, pero sólo cuando llegue al Cielo el último de los redimidos.
Pero tal vez será nuestra alegría contemplarle siempre con esas llagas que nos
muestran la profundidad de su amor y la maravilla de su sufrimiento. Sus
heridas nos curan.
«Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz has
redimido al mundo».
«Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz has redimido al mundo».
La virtud del Perdón, noviembre 2022
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La virtud del “PERDÓN
PERDÓN: "Más bien sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente, como Dios los perdonó en Cristo." (Efesios 4:32).
En el Padre Nuestro,
Jesucristo nos enseña a pedir: «Perdona nuestros pecados como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden», pues el perdón de los pecados y el haber
perdonado son condiciones para alcanzar la paz interior y la salvación eterna.
Para perdonar a los que pecan
contra nosotros, primero debemos entender el perdón de Dios. Dios no perdona a
todos automáticamente sin condiciones previas. El perdón, correctamente
entendido, implica arrepentimiento por parte del pecador y amor y gracia por
parte de Dios. El amor y la gracia están ahí, pero a menudo falta el
arrepentimiento. Así que, el mandato de la Biblia de que nos perdonemos unos a
otros no significa que ignoremos el pecado. Significa que, con gusto, con
gracia y amor extendemos el perdón a aquellos que se arrepienten. Siempre
estamos dispuestos a perdonar cuando se nos da la oportunidad. No sólo siete
veces, sino "setenta veces siete" veces (Mateo 18:22). Negarse a
perdonar a una persona que lo pide demuestra resentimiento, amargura y enojo, y
ninguno de ellos son los rasgos de un verdadero cristiano.
El perdón es la llave de la
libertad y la paz interior. Para pedir perdón se requiere humildad. Para
perdonar se requiere misericordia. Ni la humildad ni la misericordia son
fáciles. Pedir perdón supone reconocerse pecador. Perdonar supone tener un
corazón como el de Cristo.
Perdonar a los que pecan
contra nosotros requiere paciencia y tolerancia. Deberíamos ser capaces de
pasar por alto los desaires personales y las ofensas menores. Jesús dijo:
"Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te
golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra." (Mateo 5:39).
Perdonar a aquellos que pecan contra nosotros requiere el poder transformador
de Dios en nuestras vidas. Hay algo profundo en la naturaleza humana caída que
tiene sed de venganza e insta a pagar con la misma moneda. Naturalmente,
queremos causar el mismo tipo de lesión a aquel que nos maltrató: ojo por ojo
parece justo. En Cristo, sin embargo, se nos ha dado el poder de amar a
nuestros enemigos, hacer el bien a los que nos odian, bendecir a los que nos maldicen
y orar por los que nos hacen daño (ver Lucas 6:27-28). Jesús nos da un corazón
que está dispuesto a perdonar y que obrará buscando ese propósito.
Cuando vemos la enorme
misericordia de Dios al perdonarnos TODAS nuestras transgresiones, nos damos
cuenta de que no tenemos derecho a retener esta gracia para con otros. Hemos
pecado infinitamente más contra Dios que lo que cualquier persona pueda pecar
contra nosotros.
El Perdón espiritual perfecto
sube más alto, y llega no tan solo a olvidar y callar sino a hacer el bien de
todas las formas posibles, al que le ha ofendido.
Esta virtud del Perdón es tan
alta por el esfuerzo que a la naturaleza cuesta, que es una de las más
agradables a Dios.
De mil maneras se puede
perdonar, esto es no solo con la boca o de palabra a la cual si no va unida a
la voluntad de nada sirve. Se perdona disimulando las ofensas y arrancando del
fondo del corazón toda aspereza, se perdona orando por el enemigo que ofendió;
y esto es muy agradable a Dios y uno de las de los puntos más elevados del
Perdón espiritual perfecto; porque el bien que este Perdón espiritual perfecto
debe hacer al ofensor no basta que sea material, sino además de este y muy
principalmente tiene que ser espiritual, pidiendo a Dios que derrame sus
bendiciones sobre aquella alma.
Perdonar siempre y sin
condiciones. Hay muchas personas heridas en nuestras sociedades, personas que
no pueden vivir en paz con sus recuerdos. Así, se crea una especie de malestar
y de insatisfacción generales. Perdonar no es fácil, pero es posible con la
ayuda de Dios. Es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador, tanto
para el otro como para mí.
Nuestra Madre nos ha dado un
ejemplo espléndido bajo la Cruz, en donde se unió a su Hijo en estas palabras:
«Padre, perdónales porque no saben lo que hacen»
Como madre nuestra Ella es
capaz de protegernos, comprendernos y amarnos incondicionalmente a pesar de
nuestros pecados.
PROPÓSITO:
1.-Vencer el amor propio, la soberbia. ¿Cómo vencerlo? El camino más corto es implorando la gracia de Dios, el principio de este proceso de sanación interior es buscar en el Sacramento de la CONFESIÓN, esa ayuda, es aceptar que estamos atados, es comprender que somos dominados por esa situación que nos llena de tristeza de ansiedad. Rezando por nuestros enemigos, de mil maneras se puede rezar por ellos: Ofreciendo Misas, Comuniones, rosarios y sacrificios. Cuando uno cree no poder perdonar, Dios tendrá la última palabra. Así si nuestra voluntad es perdonar y nos ponemos en manos de Dios, con su gracia y únicamente mediante ella lo lograremos.
2.- Vencer también al espíritu
de división y venganza. Para esto es importante no dar paso a las tentaciones
del demonio que constantemente nos harán ver el mal recibido y sus
consecuencias. De aquí proceden infinitos males en todas las escalas sociales,
la venganza es hija de la soberbia y no hay vicio más aborrecible para Dios que
este.
Para vencerlo es importante
hacer oídos sordos a todos aquellos que nos aconsejen todo aquello que contenga
el espíritu de venganza y división, todo aquello que no sea amor, perdón. El
pedir bendiciones para el enemigo es una manera de contrarrestar el mal que
éste nos hace. Esto es muy agradable a Dios y uno de las de los puntos más
elevados del Perdón espiritual perfecto.
3.- Perdonen, perdonen y nunca
se cansen de perdonar, olvidando y haciendo el bien. El alma que esto haga
recibirá una corona en el cielo. Esta virtud del perdón es de las más
agradables a Dios por el esfuerzo que a la naturaleza humana le cuesta.
4.- Aún hay un nivel superior
en estos escalones del perdón, consiste este otro escalón en que las gracias
que pudiera esta alma recibir las dona espontáneamente y ruega que pasen al
enemigo. Pocas almas suben a este último peldaño del perdón, pero ellas serán
felices porque Dios olvidará sus pecados y miserias, perdonando al que perdona.
Bienvenidos
ORACIONES AL EMPEZAR
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amen
V. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor.
Envía, Señor, tu Espíritu y todo será creado.
R. Y renovarás la faz de la tierra.
OREMOS: Oh Dios Padre nuestro, derrama los dones de tu Espíritu sobre el mundo: enviaste El Espíritu a tu Iglesia para iniciar la enseñanza del evangelio; que sea ahora tu Espíritu el que continúe trabajando en el mundo a través de los corazones de todos los que creen en ti. Por Cristo Nuestro Señor, Amén.
V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Se reza el Santo Rosario y la Salve
V. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.
OREMOS: Oh, Dios, cuyo Hijo Unigénito nos obtuvo la salvación eterna por medio de su vida, muerte y resurrección; concédenos, a quienes meditamos estos misterios en el rosario de la bienaventurada Virgen María, imitar lo que enseñan y alcanzar lo que prometen Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
V Sacratísimo Corazón de Jesús.
R. Ten piedad de nosotros.
V. Inmaculado Corazón de María
R. Ruega por nosotros.
V San José.
R. Ruega por nosotros
V. San Juan Evangelista.
R . Ruega por nosotros.
V. San Luís María de Montfort.
R. Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
CATENA LEGIONIS(Se dirá a mitad de la ¡unta. Todo legionario debe rezarla diariamente).
Antífona. ¿Quién es Ésta que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército formado en batalla?
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo; dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos Amén.
Antífona. ¿Quién es Ésta que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército formado en batalla?
V. Oh María, sin pecado concebida.
R. Ruega por nosotros que recurrimos a Ti
OREMOS: Oh, Señor Jesucristo, medianero nuestro delante del Padre, que constituiste a la Santísima Virgen, Tu Madre, madre nuestra Y medianera ante Ti, haz que cuantos a Ti
acudieren para pedirte beneficios se gocen de haberlo conseguido todo por Ella. Amén.
(Que se debe rezar al concluir la junta).
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Am é n.
Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.
V. María Inmaculada, medianera de todas las gracias. (o la invocación propia del praesidium)
R. Ruega por nosotros.
V. San Miguel, San Gabriel y San Rafael.
R. Rogad por nosotros.
V. Todas las Potestades del cielo, Legión angélica de María.
R. Rogad por nosotros.
V. San Juan Bautista.
R. Ruega por nosotros.
V. Santos Pedro y Pablo.
R. Rogad por nosotros.
ORACIONES FINALES
Señor, concédenos a cuantos servimos bajo el estandarte de María, la plenitud de fe en Ti y confianza en Ella : a las que se ha concedido la conquista del mundo.
Concédenos una fe viva, que, animada por la caridad, nos habilite para realizar todas nuestras acciones por puro amor a Ti, y a verte y servirte en nuestro prójimo; una fe firme e inconmovible como una roca, por la cual estemos tranquilos y seguros en las cruces, afanes y desengaños de la vida; una fe valerosa, que nos inspire comenzar y llevar a cabo sin vacilación, grandes empresas por tu gloria y por la salvación de las almas; una fe que sea la Columna de Fuego de nuestra Legión, que hasta el fin nos lleve unidos, que encienda en todas partes el fuego de tu amor, que ilumine a aquellos que están en oscuridad y sombra de muerte, que inflame a los tibios, que resucite a los muertos por el pecado; y que guíe nuestros pasos por el Camino de la Paz , para que, terminada la lucha de la vida, nuestra Legión se reúna sin pérdida alguna en el reino de tu amor y gloria. Amén.
V. Las almas de nuestros legionarios, y las almas de todos los fieles difuntos. Descansen en paz por la misericordia de Dios. Amén.
(El sacerdote presente dá luego la bendición, si no hay sacerdote):
En el nombre del Padre y del Hijo y del Esp í ritu Santo. Amén.
Aprobación Eclesiástica: Monseñor Jorge Aníbal Rojas Bustamante.
Canciller Arqudiocesano.
Arquidiócesis de Medellín.
"Os saludo cordialmente, hermanos y hermanas de la Legión de María... sois un movimiento de Laicos que se propone ...conseguir la santificación personal ... a ser en el mundo, con el fulgor de la fé, de la esperanza, y de la caridad, lo que es el Alma en el Cuerpo"...
"Instrumento eficaz y extraordinario para la edificación y expansión del Reino de Dios"
Hola, espero que disfruten del contenido de este blog. Saludos