Allocutio Concilium Legión de María
P. Paul Churchill
Director Espiritual del Concilium
Hay un cuadro en la Galería Nacional de Londres que representa el día en
que María, junto con José, presentó a Jesús en el templo. Muestra a María
entregando a Jesús a Simeón delante de un altar. El artista representa a Simeón
como un anciano. Pero también lo pinta vestido con una alba y una casulla, las
vestiduras que lleva un sacerdote cuando celebra la Misa. María ofreciendo a
Jesús, el cordero de Dios, junto con ella misma, resume lo que es la Misa.
Me parece que es muy necesario recordar lo que es la Misa. Algunas
personas me dicen después de la Misa: «¡Me ha gustado mucho la ceremonia,
padre!», «¡Una Misa estupenda, padre!». ¡Podría parecer una ceremonia
protestante! Otros pueden verla como una reunión de oración o algún otro gran
evento comunitario. Pero la Iglesia siempre se ha referido a ella, como el
Sacrificio de la Misa, o como decimos en Irlanda, an t-Aifreann, cosas que se
ofrecen y se sacrifican (en latín: offerenda). Ahora, con la ayuda de María, me
gustaría pedir a todos los miembros de la Legión, que ayuden a vivir y
proclamar lo que está en el corazón de la Misa: la ofrenda de nosotros mismos
unidos a la ofrenda de Cristo, a Dios, en el altar de la cruz.
Siempre se nos ha dicho que si llegamos tarde a Misa,
si conseguimos llegar antes del ofertorio, habremos cumplido con nuestra
obligación. ¿Por qué? Porque lo esencial de la Misa, es nuestro acto de
ofrecernos a Dios y a su servicio, ofrecernos para formar parte del propio
ofrecimiento y sacrificio de Nuestro Señor.
Cuando Nuestra Señora, se situó al pie de la cruz,
sufrió. Entregó todo a Dios, participando con Jesús, en su disposición: «En tus
manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Renovó aún más profundamente su Fiat:
«Hágase en mí según tu palabra».
El Papa (San) Juan Pablo II tenía como lema Totus
Tuus. Y esa debe ser nuestra disposición interior en la Misa: Totus Tuus, ¡todo
tuyo! Nos colocamos totalmente en el altar con las ofrendas del pan y el vino,
que simbolizan la energía de nuestra vida, y decimos: «Soy todo tuyo, mi Rey y
mi Señor, y todo lo que tengo tuyo es». En la consagración podemos decir con
Jesús: «Este es mi cuerpoque será
entregado por vosotros; esta es mi sangre derramada para el perdón de todos los
pecados que habéis cometido contra mí».
Porque el pan y el vino se han convertido en el
Cuerpo y la Sangre de Cristo, estamos en presencia de ese gran acto de
sacrificio y amor que se realizó en el Calvario. Nos unimos a Él, para ser
nuevos corderos sacrificiales con Cristo. No hay mayor acto de adoración que se
pueda realizar, porque el sacrificio del Calvario aporta una perfección a
nuestra humilde ofrenda que la hace divina. No se trata solo de una reunión de
oración o de una comunión humana. Es un acto de adoración total y de entrega a
Dios, con Jesús, para estar con Jesús, tal y como Dios, lo ha diseñado, nuevos
actos de completa dedicación a Dios.
Este acto de la Misa solo puede provenir de lo más
profundo de nuestro corazón. Ese es el lugar, por nuestra parte, donde debe
tener lugar el verdadero acto de la Misa. Puede que estemos allí, solo para
entretenernos, o para conocer a otras personas, o para darnos un poco de
emoción, como se suele decir. Hay algo de eso también, pero el corazón de la Misa,
consiste en que entremos en el gran acto de Cristo, de abandono total en las
manos de Dios, ofreciendo nuestro insignificante ser para trabajar con Dios y
hacer su voluntad, y que nuestra ofrenda se integre en su gran acto de Cristo.
Para que podamos decir: «Por él, con él y en él, toda la gloria y el honor son
tuyos». Esas palabras de la doxología son, después de las palabras de la
consagración, las más importantes de la Misa, porque es entonces cuando
entregamos todo el sacrificio a Dios, nuestro Padre, uniéndonos al sacrificio
de Jesús. Todos deberían responder con un rotundo «Amén».
Comencé con la Presentación en el Templo, el día en que se le dijo a María, que una espada también traspasaría su corazón. Era el día en que ofrecían «un par de tórtolas o dos pichones» para ser sacrificados. Ese pequeño sacrificio prefiguraba el derramamiento de sangre que era necesario para nuestros pecados, la sangre de Cristo. Nunca debemos olvidar que cuando acudimos a Misa, lo hacemos como pecadores. Es parte de nuestra naturaleza. Por lo tanto, también forma parte de nuestro acto de adoración permitir que la sangre del Cordero nos limpie. Y así, en la tercera plegaria eucarística rezamos: «Mira, te rogamos, la oblación de tu Iglesia y, reconociendo a la Víctima sacrificial por cuya muerte quisiste reconciliarnos contigo...». Somos reconciliados por la sangre de Cristo, que elimina las barreras del pecado. Nuestro acto de adoración en la Misa, debe tener siempre implícita la aceptación de nuestra pecaminosidad y el agradecimiento por permitirnos ser bañados en su sangre, que nos restaura. El significado de la palabra griega «Eucaristía» es acción de gracias, acción de gracias, no solo porque Dios, nos dio la existencia o porque venció a la muerte, sino especialmente porque por su sangre somos redimidos. En este mes de la Preciosísima Sangre, trabajemos en la Legión de María, para restaurar el profundo significado de la Misa y asegurarnos de que su significado adecuado no se pierda en ninguna revisión diluida.
Aprecio que me centrado sólo en el corazón de la Misa, y he dejado de lado muchos otros elementos.
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